Informática aplicada al ajedrez (10).

 

 

 

La informática aplicada y la Historia Oculta del Ajedrez.

 

Por MI Raúl Ocampo Vargas.

 

 

La informática aplicada y la Historia Oculta del Ajedrez.

 

Por MI Raúl Ocampo Vargas.

 

Una aplicación inesperada de la informática relacionada con el ajedrez es la “transparencia”. En ruso el tema alcanzó gran fama con la denominación de “Glasnost” y fue factor determinante para cambiar un mundo.

En algunos países iberoamericanos la ley obliga a publicar sus presupuestos y la manera en que se usaron o se usarán. Dado que en el ajedrez en muchos de estos países el gobierno tiene una fuerte participación en el fondeo de sus actividades, salen a la luz muchas situaciones que escandalizarían al más flemático.

Cuando se lee sobre las acusaciones a Topalov y a otros jugadores sobre si usa o no ayudas externas, algunos piensan que el ajedrez nunca había vivido épocas tan escandalosas. Pero la realidad del problema es mucho mayor y no es producto de los jugadores sino de los organizadores, No alcanza a interesar generalmente a los medios de comunicación la información al respecto pues requiere de dos tipos de conocimientos que pocas personas reúnen: la manera de interpretar informes y presupuestos gubernamentales que aparecen en Internet y los conocimientos de lo que verdaderamente se necesita y que cuesta lo que un evento de ajedrez involucra.

Si se sabe acopiar la información en la red, se confronta con los precios reales y si se conoce como se debe organizar un evento, tras armar el “rompecabezas” uno verdaderamente se escandaliza de la manera en que se están haciendo verdaderas trampas relacionadas con el ajedrez y lo fácil que es probarlo si se tiene la curiosidad, paciencia y sobre todo el interés de hacerlo.

Cada compra, cada salario asignado, cada recurso empleado es consignado por algunos gobiernos en sus páginas Internet. Ahí puede saberse cuanto se gastó en que un Gran Maestro fuera a dar una simultánea a una ciudad, de cuanto fueron sus honorarios, que cantidad se pagaron en alimentos, cuantos acompañantes viajaron con él, cuanto costó cada actividad y en cuanto se pagaron los ajedreces de la simultánea, en el alquiler de mesas, etc.

Las sorpresas son mayúsculas. Hay torneos que dieron diez mil dólares en premios y costaron cien mil efectuarlos y, por lo menos, cada ajedrez y cada tablero costó comprarlos el doble al gobierno que modelos similares se venden en cualquier tienda.

Lo curioso es que los datos están publicados en sitios web accesibles a cualquier ajedrecista y no ha surgido ningún escándalo, puesto que al parecer nadie ha reparado en que, por ejemplo, un ajedrez de plástico se compró hasta en 30 dólares y para un evento de unas cien personas se pagó el salario de 7 jueces y 5 auxiliares. Casi ponían un juez “de silla” por mesa, como en el tenis…

Reuniendo información publicada de cuatro países iberoamericanos, me puse hacer algunas estadísticas para determinar en que países se hacían mayores negocios con el dinero gubernamental empleado en ajedrez. La competencia estaba muy dura. El margen de ganancia de algunos organizadores llega al punto de que de cada dólar que se emplea en un evento casi 45 centavos va directamente al bolsillo del organizador. Claro que hay organizadores honestos, pero normalmente el torneo no se salva, pues si el organizador no trata de hacer negocios, el funcionario gubernamental es entonces el ganador. Es difícil establecer el porcentaje de torneos que se ven afectados por mayor o menor grado de corrupción, pues las ideas para hacer negocios son a veces muy ingeniosas y se descubren sólo tras un penoso examen de cada detalle de lo publicado en Internet.

Antes de la informática para muchos era claro la serie de “negocios” que se realizaban, pero era mucho más difícil comprobar lo sospechado y mucho más el demostrarlo. Y aún así se pudieron realizar algunas veces tanto uno como el otro. Pero la mayoría de veces quedaba todo en sospecha. Muchas veces uno como jugador pagaba las ganancias de otros. En un torneo, jugando en el primer tablero de México me pusieron en un hotel que al patrocinador le costaba unos 100 dólares y se vivía realmente en uno de cinco veces menos costo, con molestias que impedían que uno pudiera dormir. Las protestas fueron inútiles, pues aunque era un hotel de tercera clase estaba presupuestado como uno de primera y no podían permitirse protestas. Surgieron primero intentos de convencer el silencio, luego promesas de compensaciones y finalmente amenazas. Tras un pequeño “accidente” pude constatar lo verdaderamente serio de las amenazas. Aún así, sin pruebas legales, no pude fundamentar acusaciones. Como consuelo me quedó que, por otro asunto, al perverso organizador al año siguiente lo expulsaron de la Federación y no volvió ocupar cargo semejante. De esto ya hace 35 años y no fue la primera vez que pude vivir los dañinos efectos de la corrupción.

En realidad, durante un tiempo al menos, estuve llevando una especie de registro de casos similares, pero sólo tres veces pude probar legalmente estos “negocios” y sólo una vez tuvieron consecuencias legales. Pero eso fue antes de la  informática. Ahora es mucho más fácil. El problema es que, en caso de uno decidirse a echarse encima la tarea, pasaría lo que al Sultán con su harén, sabe uno lo que hay que hacer, pero no con quien y por donde empezar.

Un conocido diario me propuso contratarme para hacer una serie de artículos sobre la corrupción en el ajedrez, sobre como hacían trampas los jugadores, por aquello de la moda de acusar a Topalov, o como hacían transas los organizadores y patrocinadores, si habían segundos pisos o piñatas en el ajedrez, etc. La primera consideración que hice fue que tal investigación si era publicada en un diario impreso, muchos lectores comunes, ajenos al ajedrez, podrían llevarse una mala imagen del ajedrez y creerse que había más corrupción que en otra actividad  deportiva, lo cual dudo sea cierto; la segunda consideración fue que comparado a otras actividades donde hay presupuestos gubernamentales, el ajedrez es un área al menos 15% más limpia que otras y varias veces menores los montos de los negocios, por lo que a otras áreas, que incluso conocía yo tan bien como la del ajedrez, habría que darles prioridad. Los negocios en ajedrez aún son ratoneros, aunque si trágicamente en mayor grado impunes que en otras áreas, precisamente por su pequeñez y dificultades técnicas que lo hace atractivo para aquellos que desean enriquecerse un poquito a costa del erario con, lo que presumen, mínimo riesgo. Lo malo para estos “negociantes” es que la informática parece tener larga memoria y los rastros de trafiques en torneos de ajedrez allá por los años 1996 en un país bananero, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, aún pueden rastrearse por la red de Internet y si no es uno, otro será quien lo denuncie.

Gracias al Internet uno puede descubrir pecados “tan menores” como un mal pareo, un mal desempate, o simplemente cosas tan sutiles como que un mismo jugador perdió por inasistencia en la primera ronda y luego fue pareado en la segunda con un “bye” de medio punto, o que un arbitro estuvo presente en dos torneos, a doscientos kilómetros de distancia uno del otro,  el mismo día. O simplemente firmaba como haber estado presente en uno y poner en su lugar a un asistente. Hay de todo.

El caso es que la serie de artículos por fuerza se torna en un libro de amplio volumen y en una recolección de páginas web, así como una amplia explicación del mismo para que algunos diputados ajenos a los conocimientos especializados del ajedrez, pero con conocimientos de cómo formular los planteamientos legales tengan una exégesis apropiada para determinar responsabilidades. Sería bueno que en una obra así colaboraran muchos ajedrecistas, árbitros, que no es lo mismo, y organizadores. Pero, ¿quién estaría libre de culpas suficientes como para arrojar al menos un granito de arena? No está fácil. Pero quizás poco a poco se podría estar abriendo ese velo, cuando menos de los eventos realizados después de 1990, que es cuando la informática del ajedrez nos abrió una nueva ventana para disminuir la opacidad económica en los torneos de ajedrez.