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Testimonios

Pablo Ricardi

"Viejo te decían todos cuando llegué al ajedrez como joven revoltoso y desafiante. Viejo se le dice también padre. Y padre fuiste, no de uno, sino de muchos. De todos los ajedrecistas. Mi generación, y las siguientes, lo tuvimos como al gran rector del colegio, la máxima autoridad en materia de ajedrez. Jugaba, competía, enseñaba, organizaba, financiaba... Todos en un solo hombre. Miguel Najdorf fue, y hoy como nunca me surge esta comparación, el Sarmiento del ajedrez argentino.
Ayer pensaba en los muertos ilustres. En Robert Mitchum, que interpretó al detective Philip Marlowe, al que Chandler le adjudicó una constante pasión por el ajedrez. Entonces volvés siempre al pensamiento, viejo Najdorf. Te recuerdo inclinado sobre mesas de ajedrez, desde tu pose sarmientina.
Padre, creo que tengo derecho a llamarte así, te recuerdo también en tus defectos. Eras vanidoso (como todo buen ajedrecista), irascible y autoritario. Me acuerdo de tus retos cuando perdí una partida en una olimpíada. Esa imagen que en su momento me humilló ahora me enorgullece.
Eras generoso hasta la provocación. Un ejemplo: en el último torneo abierto por él organizado sorprendió a todos los maestros dispensándoles un cachet una vez finalizada la justa. La actitud de un caballero, inusual en estos días. Eras incansable, desafiabas al tiempo con tu actividad y lucidez. Tu vejez dinámica y combativa siempre me pareció admirable. No te aplacó saberte el mejor. Usaste el trabajo duro para educar tu temple. Siempre tuviste espacio para ser apasionado.
De su capacidad mental hay sobradas anécdotas. Dicen que solía mezclar dos mazos de barajas francesas y recordar con precisión el orden de las 104 cartas según fuesen saliendo. O su extraordinario talento para jugar ajedrez a ciegas. Su claridad conceptual para comprender una posición cualquiera de ajedrez era única.
Y también su capacidad para pensar la vida. Para sobreponerse a las pérdidas y a las desdichas. Para rehacerse como si la vida fuese un juego.
El Viejo, su signo, vuelve a mí en cada jugada brillante. En sus partidas y en las mías. En cada esquina del tablero. En las variantes que inventó. En suma, en tiodo su enorme legado ajedrecista.
El fue el creador de este mapa de aventureros, donde supimos seguirlo varios locos y algún cuerdo. Donde hasta casi ayer lo veía jugar con una devoción infantil de 87 años. Paramí estará siempre en el panteón sagrado de aquellas personas que fueron significativas para mi vida y a las que recordaré con veneración."
(Diario La Nación, 6/7/1997)

Luciano W. Cámara

"Lo conocí en 1939, cuando el Torneo de las Naciones en el teatro Politeama, de Buenos Aires. Era el segundo tablero de Polonia, detrás de Tartakower. Escoltaron a Alemania, ganadora del certamen, país que durante el desarrollo de la competencia los invadió con sus tropas.
Lo recordamos movedizo, inquieto, atropellador. No lo tratamos entonces, sino muchos años después. En 1955, en el torneo con que el Club Argentino celebró sus bodas de oro tuvimos un pequeño encontrón. Entonces creí -ingenuo de mí- que en mi calidad de director del certamen lo podía alejar del escenario, en el que se paseaba entre las mesas observando las partidas. Desistí aconsejado por el doctor Rafael Castells Méndez, nervio del acontecimiento que apoyaba el gobierno.
Desde entonces nuestra amistad con el Viejo se estrechó cada vez más. Mi señora fue amiga de su primera esposa argentina, Eta, y posteriormente de la segunda, Rita. De más está decir que nos reunimos infinidad de veces: en sus conferencias, cuando finalizaba una sesión de algún torneo, en los innumerables agasajos de que era objeto, inclusive en el exterior, como cuando nos encontramos en Merano, Italia, durante el match por el título mundial sostenido por Karpov y Korchnoi en 1981.
Como se sabe, gozaba de una holgada posición económica. En Merano alquiló un auto y nos invitó a Suiza, en un día que no había partida. En el camino de cornisa encontramos numerosos túneles. Cuando entramos por el primero y quiso encender las luces se dio cuenta de que no lo sabía y en la semioscuridad tanteó desesperado hasta que encontró la llave. Más adelante, hizo una maniobra retrocediendo con el auto hasta que lo clavó a medio metro del precipicio. Fue infartante.
En escalas mayores o menores, su relación con él era siempre así: sorprendente, a menudo salpicada con comentarios audaces sobre determinadas características de los jugadores, sobre todo de las mujeres, por las que enloquecía como un latino. Solía contar que durante una estada en un hotel de Estocolmo, una noche bajó a una piscina y se encontró con que las rubias suecas se bañaban desnudas. "Me volví loco", decía, eufórico y riendo a toda rienda.
Que esta rutina te siga por siempre, querido Viejo."
(Diario La Nación, 5/7/1997)

Oscar R. Panno

"Miguel Najdorf fue el mejor de todos los ajedrecistas que quedaron en nuestro país después del Torneo de las Naciones de 1939. A partir de su radicación en nuestro medio contribuyó a formar una nueva generación de ajedrecistas.
Cuando ingresé al ámbito del ajedrez superior pude calibrar su capacidad en todo sentido; por su talento, su gran amor al juego ciencia y su irrenunciable entusiasmo.
Era un apasionado, comparable al gran Viktor Korchnoi que escribió un libro llamado 'El ajedrez es mi vida'. El también hubiera podido suscribir ese título.
Le interesaba cualquier partida y no solamente las propias. En las Olimpíadas intervenía en la preparación de sus compañeros y en caso de suspendidas no dormía para analizar las posibilidades.
Hizo mucha escuela casi sin proponérselo, a través de los buenos jugadores que por su nivel merecieron rodearlo.
Un ejemplo de su gran capacidad en la investigación ajedrecista lo constituye el desarrollo de su famosa variante de la Defensa Siciliana que por mucho tiempo se consideró que refutaba la apertura del peón rey y que tuvo un brillante reinado hasta promediar la década del 50. Aún hoy, combatida y defendida por nuevos análisis, tiene plena vigencia como la tienen las enseñanzas y la pasión por el ajedrez que nos ha transmitido el gran Don Miguel..."
(Diario Clarín, 5/7/1997)

Luis Scalise

"Era una leyenda... Miguel Najdorf, el mejor ajedrecista de la Argentina desde 1939, cuando llegó de su Polonia natal. Nacido el 15 de abril de 1910, este coloso del tablero tuvo una vida llena de matices. El desarraigo forzado por la crueldad de la Segunda Guerra Mundial lo trajo a estas tierras. Y desde entonces fue argentinísimo. Aquí se volvió a casar, tuvo dos hijas y se convirtió en un entrañable personaje. "Después de mi familia está el ajedrez", decía. Y así resumía su mundo. (...)
Najdorf hablaba ocho idiomas y ganó 52 torneos internacionales. Además de ser el actual campeón mundial de simultáneas a la ciega (título logrado en San Pablo en 1946), se pueden mencionar los tres subcampeonatos olímpicos en 1950, 1952 y 1954 como primer tablero de Argentina y el tercer lugar en 1962. Participó en once olimpíadas para la Argentina y en dos para Polonia. Entre sus vencidos figuran campeones mundiales como Botvinnik, Smyslov, Petrosian, Tal y Fischer. Con excepción de Steinitz (el primer campeón mundial) jugó contra todos, incluido Kasparov. Fue ocho veces campeón argentino y en el torneo de Candidatos de Zurich, en 1953, consiguió el quinto lugar.
Sus éxitos trascendieron el tablero por una personalidad impetuosa y luchadora. Así era su estilo: frontal y arrebatado. Y revolucionario por la creación de la Defensa Siciliana, conocida como variante Najdorf.
Como hombre de negocios llegó a los estratos más altos. "Siempre gracias al ajedrez", repetía incansablemente. Conoció a Nikita Krushev, John Kennedy, el mariscal Tito, Fidel Castro, Perón... Una lista interminable.
En los últimos años tuvo que frenar su dilatada carrera ajedrecística (más de 65 años frente al tablero) para dedicarse a organizar torneos. "Es más difícil armar un torneo de ajedrez que jugarlo", solía quejarse. Así fue como, luego de ocho ediciones, su Magistral pasó a formar parte de la agenda de todos los grandes maestros.
Najdorf fue, sin duda, el padre del ajedrez argentino. Su clásica pose con las manos entrelazadas por atrás será añorada en todas las competencias. Desde ahora y para siempre, Don Miguel es un mito."
(Diario Clarín, 5/7/1999)

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