Padres Entrenadores.

 

 

 

Entre la numerosa producción bibliográfica rusa reciente de ajedrez destacan los de ejercicios de resolución de problemas y de entre estos los elaborados por entrenadores que a la vez son padres de las grandes estrellas del ajedrez ruso.

 

La amplia serie de 10 libros que el entrenador Iosif Lazarevich Slavin realizó con su esposa, la reconocida entrenadora Galiana Slavina es muy popular. Ambos son los padres de Irina Slavina, subcampeona mundial de sub 18 en 1993 y Campeona Femenil de Rusia 2003. Esta serie de libros que reúne más de 12000 interesantes e instructivas posiciones está entre las mas recomendadas y utilizadas por los entrenadores de Europa Orienta.

 

Cuando el ahora GM Alexey Dreev ganó el campeonato mundial sub 14 muchos le pronosticaron un gran futuro en el ajedrez. Su entrenador fue su padre, quien anteriormente colaboró en la preparación de otros fuertes Grandes Maestros. El libro de Sergey Sergueievich Dreev en coautoría con su esposa,  la entrenadora Irina Nikolaevna Dreeva, “Practica Ajedrecística, posiciones para resolver”, editado en diciembre de 2007, agotó su primera edición en menos de un mes. Con 1584 posiciones que abarcan diversos aspectos de la táctica y la estrategia compartió la preferencia de los críticos con el libro “64 lecciones de estrategia” de Nikolayev en el primer semestre de 2008.

 

Para muchos no es un secreto que el padre de la actual Campeona Mundial Femenil, la GM Alexandra Kosteniuk fue el primer entrenador de su hija y uno de los coautores principales de su libro “Como llegue a ser Gran Maestra a los 14 años·” que es un auténtico manual completo de cómo iniciarse en el ajedrez.

 

Entre otros padres entrenadores podemos citar a los padres de la campeona nacional de Estados Unidos Jennifer Shahade, a Lazlo Polgar, que fue el primer entrenador de las famosas hermanas Polgar; al prolífico autor Pojarsky y a Ivanshenko.

 

Pero claro que la pareja de padre y madre entrenadores de jugadores de alto nivel lo liderean los Dreev.

 

Muchos de los grandes libros de la Rusia post soviética están siendo publicados en español y poco a poco están siendo accesibles a los lectores en idioma castellano.

 

Los padres que desean ser los primeros entrenadores de sus hijos cuentan ahora con una serie de herramientas que hace una década no existían, pero son una minoría los que han tenido éxito si no tenían antes como profesión la de ser entrenador.

 

Incluso hijos de entrenadores son canalizados por ellos mismos con sus colegas, pues consideran que puede hacerse un trabajo más profesional y adecuado con ayuda de un entrenador que no sea familiar y que pueda así ser más objetivo. Es lo mismo con los médicos que prefieren no operar a sus propios hijos pues puede existir una presión mayor que les afectaría en su destreza. Prefieren vigilar, pero que el trabajo operatorio fundamental lo realice uno de sus colegas. Lo mismo pasa con muchos entrenadores que prefieren enviar a sus hijos con sus colegas y amigos.

 

La labor de un entrenador se basa en gran parte en la objetividad y en saber motivar al pupilo. A veces esto requiere que no sea un padre el que efectúe ambas.

 

Lazlo Polgar es un buen ejemplo, pues si bien encaminó a sus hijas y les construyó sus bases, luego se dirigió a otros entrenadores, como los GM Ivkov, Szabo, Lilienthal, Barczay para que pudiesen avanzar a niveles en que ya el gran Lazlo no podría asesorarlas.

 

Varios entrenadores se han vuelto como segundos padres para sus pupilos. Esta el caso de Semion Furman con Anatoly Karpov; Vladimir Zak con Korchnoi y Spassky; Boleslavsky con Bronstein (luego sería su suegro); Dvoretsky con Dolmatov y Yusupov; etc.; hay muchos casos.

 

Que los padres pueden influir en sus hijos aun después de muertos lo muestra el caso de los hijos de los maestros Belavenets, Blumenfeld, Yudovich y el más cercano, el de Tomás Jiménez con Eleazar Jiménez.

 

Pero fuera de los libros de la GM Kosteniuk, los Slavin y los Dreev no hay muestras de testimonios técnicos de cómo los padres han entrenado a hijos de nivel de Gran Maestro.

 

Un libro interesante es el de “Legado de Alekhine” sobre los inicios de Arturo Pomar, donde su padre relata algunas cosas, pero no fue el entrenador de su hijo. Lo mismo se puede decir de “En busca de Bobby Fischer” donde el padre de Josh Waitskin hace un relato de los inicios de su hijo.

 

Pero la fuente principal de cómo se hace un gran maestro serán los libros autobiográficos como “Apuntes de un Ajedrecista” del GM Alexander Kotov, o “Cómo llegue a ser Gran Maestro” del GM Aarón Nimzovich y en grado menor “My Chess Career” de Jose Raúl Capablanca y los más recientes escritos por los GM Bologan, Kramnik, Anand y Shirov; los del GM Eduard Gufeld; sin olvidarse de los clásicos “El Ajedrez como yo lo juego” de Paul Keres, “Mis mejores partidas” de Alekhine, Los de Mikhail Tal y la enciclopédica serie de “Creación Ajedrecística” de tres enormes tomos de Botvinnik.

 

Entre los grandes autores que escribían para sus hijos podría citar al GM Piotr Romanovsky, pero su historia durante el sitio de Leningrado es tan triste que pareciera una de aquellas novelas de grandes tragedias de las que abundan en la literatura rusa. Como él mismo escribiera en 1945, parece increíble que pudiera sobreponerse a su dolor y seguir viviendo.

 

Pero como decía Jalil Gibran Jalil, los hijos no son de los padres y muchos no comparten la afición por el ajedrez. Aun no se ha dado el caso de un hijo de campeón mundial de ajedrez que llegue a ser al menos un jugador prominente. Pero eso sucede en otras ramas de la actividad humana y los hijos a menudo se ven opacados por la fama de sus padres a pesar de tener grandes méritos propios.

 

El trato con los hijos difiere en muchos sentidos con lo que debe ser un trato adecuado de parte de un entrenador, pero si hay una constancia de que los deseos de legar a los hijos algo ha sido motor de las más grandes obras de enseñanza y literatura.

 

Escribir un libro, sembrar un árbol y tener un hijo era la receta para dejar huella en la tierra. No a todos se les da la dicha de tener un hijo, no todos tienen la disposición y se les da la facilidad para escribir un libro; aunque lo del árbol si parece al alcance de todos.

 

Pero al ver obras como las de los Dreev, que son actos de amor, antes que nada;  uno no puede sino recomendar que intenten escribir un libro, un testimonio de su tiempo, de lo que han aprendido, de lo que más saben, para dejarlo a la posteridad, a los que siguen.

 

 

 

 

 

San Carlos de la Florida a 10 de octubre de 2008

140 aniversario del Grito de la Demajagua.

 

 

 

IM Raúl Ocampo Vargas