Walden Chess, Informática aplicada al ajedrez y la teoría de Thoreau.

 

 

 

Por MI Raúl OcampoVargas.

 

En esta época del flujo desbordado de la información, es frecuente preguntarse que es lo relevante en que ocupar el precioso tiempo de que disponemos para superarnos.

A muchos les sorprenderá el título que escogí para este artículo, así que debo una explicación. En la Psicología hubo un libro que se convirtió en clásico: Walden Dos, de Skinner. Posteriormente hubo un Walden Tres del destacado psicólogo colombiano Rubén Ardila. Pero menos conocido ahora, sorprendentemente, fue el libro que podríamos llamar Walden Uno. Este ensayo, menos famoso de lo que debiera, se título “Walden, Or, Life in the Woods” y su autor es Henry David Thoreau, el escritor estadounidense del siglo XIX, estudiante de la naturaleza y el ser humano. Este libro trata de la historia de un hombre que se fue al bosque “a vivir deliberadamente, a confrontar solo los hechos esenciales de la vida y a ver si puedo aprender lo que enseñar, y, no, cuando llegue la muerte, descubrir que no viví”.

El libro Walden no fue un éxito editorial, tardó más de cinco años el que se vendiera su primera edición de 2000 ejemplares, y fue olvidado durante la vida de Thoreau, que nació en 1817, su autor, afortunadamente para él, tuvo más éxito colaborando en el negocio de la fábrica de lápices de su familia en Concord, Massachussets, que, después de graduarse en Harvard, ser reconocido como un filósofo o literato en su tiempo. Fabricó un tipo de lápiz que se consideró como el mejor de todos los productos en los Estados Unidos. En el mundo de los lápices era célebre como un experto en producción, desarrollo e investigación. Pero para la filosofía moderna está reconocido como uno de los grandes clásicos. Su ensayo, Walden, debe su nombre a un lugar, Walden Pound, en las tierras de Ralph Waldo Emerson, otro grande de la filosofía norteamericana, que le permitió vivir ahí, a partir del 4 de julio de 1845, su vida de independencia personal. Dos años ahí, produjeron una obra trascendental. Thoreau es reconocido también como el autor de “Desobediencia Civil”, donde afirma que “Nunca será un estado realmente libre y culto, mientras no reconozca al individuo como la fuerza más alta e independiente”.

 

Pero el lector seguirá preguntandose: ¿Walden Chess?

 

El “Walden” de Thoreau, más que nada, es un manual para la simplificación de la vida. Su mensaje principal va dirigido hacia aquellos que han permitido que sus vidas se hayan vuelto demasiado complejas. El consejo es: Simplificar.

Ya he escrito antes que estamos en una era de flujo de información enorme, en una catarata incontenible de libros, de datos más que de información. Si hacemos la diferencia entre los datos y la información, los primeros son hechos, conocimientos que no producen efecto, la información es un conocimiento que hace que nuestra conducta cambie, produzca una acción diferente, a una situación dada, a la que teníamos cuando no teníamos dicha información.

Cruzar el Niágara en bicicleta es muy difícil. Así cruzar este río de información puede llevarnos a vernos sumergidos, inermes, ahogados por datos que inundan nuestra mente y que no la dejan pensar y desarrollarse.

Si el título de mejor jugador del mundo se diera por la cantidad de libros que posee un individuo, tal vez el GM Lothar Schmidt con sus 20 000 ejemplares de colección sería el campeón, o un Emule Eater, con 30 000 libros en PDF en su disco duro, discutiría el título a Anand o a Kramnik. Pero no es con Gigas de computadora como esto se mide. Hay grandes jugadores que no leyeron más que unos cuantos libros. ¡Pero había que ver que libros!

 

Ralph Waldo Emerson, gran filosofó, como mencioné, una vez escribió: “Quemen todas las bibliotecas, ya que su valor está en este solo libro,” Emerson se refería a la obra más famosa de Platón: “La República”. Alfred North Whitehead dijo que la tradición filosófica occidental consiste sólo en una serie de píes de página para “él”, refiriéndose a Platón.

 

Capablanca, cuando se le preguntó sobre libros que recomendaba decía, medio en broma, pero medio serio, y con una enorme verdad escondida en la extrañamente mágica sonrisa que acostumbraba: “Se han escrito muchos libros de ajedrez, pero he llegado a la conclusión que los tres mejores son los que escribí yo”.  En el tiempo de esa respuesta, había escrito “Primer of Chess”, (en español se tradujo por una editorial cubana con el título “Como Jugar Ajedrez”), My Chess Career” (Mi carrera de ajedrez, nunca publicado traducido al español que yo sepa, pero si pasado a Chess Base con comentarios traducidos por mi, y que por ahí andan circulando pirateados por los emules y los ares) y Fundamentos del Ajedrez (que ha sido traducido a más de veinte idiomas y que fue escrito originalmente en inglés).

El otro libro “Ultimas Lecciones de Ajedrez”, fue editado post mortem, en base a unas conferencias por radio que dio y que fueron puestas en libro por amigos de la viuda, la princesa Olga Chagodaeva. (En España, publicado por Editorial Fundamentos con el titulo "Lecciones Elementales de Ajedrez".

 Capablanca también escribió artículos para una revista con su nombre. El caso es que la afirmación de Capablanca cualquiera la podría suscribir. Si habría que escoger tres libros para recomendar a un joven, estos serían.

Simplificar, simplificar, escribía Thoreau. El poder soviético encomendó a un grupo de grandes jugadores heredados de la era de los zares y a otros más jóvenes, acunados por el régimen marxista leninista, a que abordarán la tarea de hacer que los niños y jóvenes soviéticos se acercarán al ajedrez, lo practicaran asiduamente y lograsen la excelencia competitiva. Ya para entonces, sobre 1922, la bibliografía del ajedrez era muy grande, más de 6000 títulos. Eligieron unos cuantos para ser traducidos al ruso, no más de 20, y decidieron que tenían que crear unos que en un solo volumen, o tres a lo mucho, compendiará todo el conjunto de conocimientos necesarios para jugar bien ajedrez y todo el material requerido para realizar las prácticas organizadas, sistemáticas y con propósito que eran necesarias para alcanzar la excelencia.

Diseñar el perfil del “egresado” de los cursos y establecer todos los datos, agrupados en asignaturas, que permitan que un estudiante que realice todo lo planeado por los diseñadores de los cursos, pueda cumplir con ese perfil.

 

Normalmente un posgrado universitario requiere de 75 créditos académicos, cada uno de esos créditos académicos representan en horas de estudio ante un profesor a 16 horas, o sea 16 horas de clase. Las horas de práctica tienen que ser 50 para equipararse con las 16 horas de clase y cumplir un solo crédito. Las horas de estudio en casa, también requieren ser unas 50 para que equivalgan a un crédito, pero ya que se realizan sin una vigilancia o supervisión que garantice que se hayan cumplido a cabalidad, no se pueden medir.

 

De manera similar procedieron los primeros entrenadores soviéticos, estructurando el perfil, los datos que contribuyesen a que un estudiante cumpla el perfil, proyectando y programando las prácticas para que se desarrollen las habilidades al nivel demandado por el perfil.

Pero los datos tienen que ser agrupados en asignaturas y las asignaturas para ser impartidas por profesores requieren de una especificación que permitan el control de calidad para garantizar que el estudiante aproveche su tiempo y se mantenga cierta uniformidad en lo que cada profesor imparta a sus alumnos, para que los egresados producidos sean mas o menos capaces de realizar más o menos las mismas acciones. Cada asignatura tiene que tener una bibliografía con detalles como autor, denominación o título, año de edición, páginas relevantes, etc. No era el caso de tener 30 asignaturas con 7 u 8 fuentes bibliográficas cada una, pues entonces la biblioteca de apoyo para cumplir la bibliografía requeriría 240 títulos de libros. Si eso se reproducía por unos 10 000 centros de ajedrez en toda la URSS, se requeriría repartir 2400 000 libros sólo para tener un ejemplar de los 240 títulos en cada centro. No, lo práctico era reunir una antología con las partes de esos libros más relevantes y esa antología reproducirla.

 

Simplificar, simplificar. Decía Thoreau. Los soviéticos crearon mejor una serie de manuales con todos los datos importantes de la bibliografía seleccionada, le quitaron toda la hojarasca y cada lección, de cada asignatura tendría todo su contenido requerido en un capítulo de un manual. Ese manual sería reproducido en cientos de miles para ser repartidos por toda la URSS.

 

Entonces para simplificar nuestro estudio, deberíamos tener nuestra antología o nuestro manual. Ejemplos de esa solución soviética, fueron libros, a los que tenemos acceso en castellano, como “Ajedrez de Entrenamiento” de Koblenz, “Ajedrez Elemental” de Panov, “Kasparov enseña ajedrez” de Kasparov,  “Ajedrez Magistral” de Kopec (la copia escocesa de la solución soviética), así como un Curso de Ajedrez de Krogius, y otra serie por Kasparov realizada en España para difusión en forma de fascículos. Por cierto, un antecedente de hacer cursos en fascículos fueron los de Fred Reinfeld en los años 1930s, que en los años cuarenta se convirtieron en “Primer libro de Ajedrez”, “Segundo libro de Ajedrez”, etc., de la misma forma que la serie de artículos mensuales que publicase el Maestro Roberto Grau en su revista “El Ajedrez Americano” a partir de 1927 se convirtió en el “Tratado General de Ajedrez”. . Todos ellos libros divididos en lecciones, como en capítulos. En inglés hay otros notables como “40 lecciones para principiantes” de Kostyev, “40 lecciones para jugador de club” del mismo Kostyev, Power Chess de Davies, que son colecciones de sus clases por correspondencia, similar a lo que el GM Alberic O’Kelly de Galway hizo para sus dos tomos de libros del Medio Juego.

 

En Argentina el libro “Mi Sistema” fue editado en varios tomos por la Editorial Grabo (de Grau), con idea similar. El caso es que esas colecciones de lecciones lo que buscaban era poner en pocos libros todo lo necesario para estudiar y realizar ejercicios de ajedrez. De otra manera, si 3 millones de aficionados al ajedrez quisieran los libros necesarios, estarían satisfechos con 3 o 4 por cabeza, en lugar de unos 100, que es un número mínimo para un aficionado que se quiera preciar de decir que tiene una biblioteca de ajedrez. En la Unión Soviética se hicieron decenas de manuales similares, ya que los tirajes posibles de 100 000 ejemplares no satisfacían la demanda, por lo que casi en cada república soviética hicieron su versión de esos “cursos-antología”.

 

Libros como “Semestres de Ajedrez”, “Lecciones del Entrenador”, tres muy notables de Rokhlin editados en los años setentas para jugadores de segunda y tercera y que hasta recientemente no conocía yo, también fueron muy populares. Koblenz fue especialmente prolífico en cursos, así destaca, además del de “Ajedrez de entrenamiento”, el de “Lecciones de Estrategia”, o el “Camino del éxito” (“Zug der Erfolg”) escrito en alemán con Tal como coautor, o “Estudie Ajedrez con  Tal “ (versiones en ruso y en inglés) que es el que considero uno de los mejores libros de ajedrez de toda la historia.  Un esfuerzo muy interesante, “a lo Thoreau”, fue el de su compatriota, el MI John Grefe con su libro “Progressing Through Chess, the 35 best chess books and how to use them” editado en 1981. Simplificar, simplificar, decía Thoreau. Alburt explica que un fundamento del ajedrez soviético era haber determinado que era lo relevante por saber y enseñarlo, quitando la hojarasca.

Thoreau decía: "Nuestra vida está desperdiciada por los detalles". Un hombre honrado, apenas si necesita contar más de sus diez dedos o en casos extremos los diez de los pies y hacer un bulto con el resto. ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que tus asuntos sean dos o tres y no cien o mil; en vez de una cuenta de un millón que sea de media docena. Y lleva tus cuentas en la uña del pulgar.

En el centro de este mar variable de vida civilizada, son tales las nubes y las tormentas y las arenas movedizas y mil y una cosas que se tiene que admitir que el hombre tiene que vivir, si no quiere zozobrar e irse a pique y no llegar nunca a puerto, por rumbos estimados, y en realidad debe ser un gran calculador el que llegue al éxito”.

Capablanca también afirmaba que había que simplificar la manera de jugar ajedrez. Combinaciones de dos o tres jugadas, cálculos pequeños, cambiar piezas superfluas. Simplificar.

 

¿Cómo simplificar nuestro estudio de ajedrez?

Primero que nada tenemos que establecer nuestro perfil al que queremos llegar. Vernos en diez años, luego en cinco, luego en tres, luego en uno. Pero muy detalladamente. No se vale decir “Quiero jugar mejor ajedrez”. Se tiene que detallar: Tener tanto rating, conocer como jugar el final de torre y peón alfil y peón torre de un mismo flanco contra torre sola, etc. Para hacer tal lista, tendrá que revisar muchos libros y artículos. Hojearlos nada más. Luego ir haciendo el plan. Lo que en la Academia es un mapa curricular. No es sencillo hacer uno de ajedrez. El primero en la URSS lo hicieron Romanovsky, Alatorzev, Rabinovich, Rokhlin, Duz Chotimirsky, y otros. Unos quince maestros.

 

Luego entre 1930 y 1990 se reunían anualmente para discutirlo, decenas de entrenadores de los más notables en toda la URSS, y así más o menos lo sacaron. Pero uno no necesita para toda una escuela, lo necesita para uno mismo. Es necesario dos cosas si muy difíciles: Conocerse a uno mismo y aceptar primero que nada que lo que usted es ahora es responsabilidad nada más suya. No le puede echar la culpa a sus padres, a que no nació en Rusia, o a un mal entrenador. Si no acepta esto, no puede aceptar que lo que será en el futuro usted lo puede determinar con sus acciones, como usted en el pasado determinó con sus acciones lo que es hoy. No puede echar la culpa a factores externos de su presente, porque sería aceptar que su futuro sólo será producto de factores externos. Para ser dueño de si mismo hoy, para elaborar su futuro, tiene que aceptar que siempre ha sido dueño de si mismo y que su presente, usted es el responsable único. Estas dos cosas, conocerse y aceptar su responsabilidad, si le puede tomar toda la vida.

Por otra parte, me encanta sumergirme en un mar de libros, aunque no los lea. Es más fácil seguir el libro de Thoreau de “Desobediencia Civil” que el de Walden. Pero hay que tomarlo en cuenta. A veces no hay alternativas.

 

Santa Rosa Xtampay a 4 de marzo de 2008.